La frialdad y lejanía de sus emociones parecían verse irónicamente reflejadas en todo el vestíbulo. Las cortinas caras de seda azul, los sillones antiguos de tapicería virreinal, los grandes floreros de cerámica china y las esculturas duras y heladas que decoraban el mármol del suelo. Todo sincronizaba como una danza entre mobiliario exquisito y amargura nostálgica. No era la primera vez que Ana se encontraba en esa funeraria, ni sería la última.
Se levantó de la silla de caoba sudamericana al tiempo que sacaba de su bolso un pequeño espejo antiguo que tiempo atrás robó a su abuela hoy muerta. Todos parecían morir mientras ella vivía. Se arregló un poco el rímel corrido por la tristeza, se acomodó la castaña cabellera y observó entrar a los empleados que parecían muy inmersos hablando de contabilidad y cadáveres. Se aclaró la garganta para denotar su presencia ante el anciano y el joven que no parecían haberla visto.
El muchacho fue el primero en voltear su mirada hacia Ana. Pareció demasiado absorto en el bello y melancólico rostro de la joven. El anciano entonces notó la incomodidad causada por la curiosa mirada de su socio y extendió la mano sin quitar la vista del pronunciado pero elegante escote del vestido negro de encaje.
- Señora Rivera, mi más sincero pésame.
- Muchas gracias, Señor Montana. – replicó, al tiempo que estrechaba la mano del anciano.
- Todo está arreglado, solo necesitamos unas cuantas firmas y podrá llevarse los restos del difunto.
- Excelente. ¿Dónde están los papeles? – Contestó simulando indiferencia ante las amables e hirientes palabras.
- Si gusta acompañar a mi compañero, el Señor Esteban, la llevará a mi oficina donde encontrará los documentos. Yo por mi parte iré a traer la urna.
- Gracias. –Se limitó a decir la joven.
El viejo salió apresurado hacia el ala izquierda de la habitación y no fue hasta que cerró la puerta tras de sí, que Ana prestó atención al muchacho, mucho más joven que ella, que no dejaba de observarla.
- ¿Señor Esteban?
- ¿Sí?
- ¿La oficina de Montana?
- Ah, sí, los papeles. Lo lamento, de este lado.
Ana sonrió. Era consciente de ser la causa de la distracción del joven que la guiaba hacia el jardín central del lugar, pero eso no la detuvo a cuestionar al joven.
- ¿Le parece apropiado, Señor Esteban?
- ¿Qué cosa, Señorita?
- Es Señora. Le pregunto si le parece apropiado el modo en el cual observa usted a una viuda.
- Lo lamento mucho, Señora. No tengo excusa para mi comportamiento, pero he de hacerle saber que su belleza me ha tomado absolutamente por sorpresa.
- ¿Acaso una viuda no puede poseer un rostro bello?
- No me malinterprete. Lo que quiero decir es que me ha conmovido mucho su rostro.
- ¿Mi rostro hinchado por las lágrimas nocturnas y negro por el maquillaje corrido?
- Usted dirá eso, yo solo veo el tono durazno de su piel y la forma exótica de sus labios.
- ¡Señor Esteban, es usted un desubicado!
- Lo lamento Señora, solo sígame, dejaré de molestarle.
Iban a penas a mitad del jardín, lleno de criptas de mármol y rosas blancas. Ana sacó un cigarrillo y lo colocó en sus labios.
- ¿Tiene usted fuego, Esteban?
- Claro que sí, señora. – Dijo al tiempo que sacaba una caja de fósforos baratos.
- Muy amable. Si no le molesta, voy a fumar mi cigarrillo sentada en esta banca de aquí. Usted puede ir a traer los papeles de defunción.
- Por supuesto. - Contestó él, siguiendo su camino.
Tomó asiento en la banca de herrería blanca, disfrutando el cigarrillo igual que siempre. Hacía un bello día afuera. Las gaviotas cantaban bajo el sol de mediodía, las rosas pintaban de paz el lúgubre jardín. Ana se sentía mucho más intranquila de lo que aparentaba, pero no era momento ni lugar para soltar el pesar con el que cargaba. Una lágrima negra escapó a sus esfuerzos, llegando a su mentón y cayó perdiéndose en el regazo de encaje.
La muerte de su esposo no había sido inesperada, pero aún la expectativa de una pérdida nunca le resta agudeza a la daga que atraviesa el corazón de quien ama. Si tan solo no hubieran realizado aquél viaje espontaneo y juvenil, si tan solo hubiesen esperado a la primavera para casarse.
Pero todo estaba hecho. Habían huido y contraído matrimonio sin alzar escándalos. Se habían metido con las personas equivocadas. Habían tomado el Rolls Royce de su padre para llegar a la costa opuesta y decidido venderlo para comprar una pequeña cabaña al sur de California.
Todo salió tan mal, las noches de apuestas y el meterse con traficantes no parece tan arriesgado cuando se está embriagado por el romance y el whisky.
Ahora solo quedaba limpiarse la añoranza y colectar los fragmentos de corazón para seguir adelante, y enfrentar la vida sin Elías.
- Señora, aquí tiene las cenizas de su marido. Otra vez, mi más sentido pésame.
- Gracias – Dijo Ana, saliendo de su ensimismamiento y tomando de las manos arrugadas el plateado y pequeño recipiente que contenía a su amado. Le pareció ridículo cómo dentro de algo tan pequeño podía caber un ser tan grande de espíritu.
- ¿Sabe dónde está Esteban?
- Oh, sí. Fue por los documentos. Me sentí fatigada y quise tomar un respiro en el jardín. – Respondió, pisando el cigarrillo con sus tacones de charol.
- Bien, no debe tardar mucho, supongo.
Y no tardó mucho. Un par de minutos después, apareció el muchacho, con un pequeño fajo de papeles bajo el brazo. Regresaron al gran y elegante vestíbulo, tan tristemente familiar para Ana. Firmó y se despidió amablemente.
Ya estaba por atardecer. Ana se encontraba fumando en su auto descapotado aparcado a la orilla de la bahía. La urna en el asiento de copiloto, esperando resignada el destino de su contenido.
Bajó del vehículo y tomó el pequeño contenedor. Caminó hacia la playa. Ignorando lo molesto que resultaba caminar en tacones por la arena, llegó a la orilla del mar. Dejó a su esposo a salvo en la arena mientras se descalzaba los pies. Tomó el recipiente y caminó adentrándose en el agua. Sintió esa familiar frescura que regala el mar a quien no le teme.
Ya no podían sus delicados pies tocar la arena del fondo y se dejó llevar por la tranquilidad del agua. Flotando en la bahía, comenzó a cantar la canción que él tanto amaba. Su rostro, igual que la melodía, nunca salía de la cabeza de ella. Se sintió más cercana a Elías de lo que lo había estado desde que murió en sus brazos. ¿Seguir adelante?, ¿Sería posible?, ¿Qué mal haría amarle por siempre? Cerró los ojos, deseando estar muerta. Temió por un momento que él no le esperara en el otro lado si tardaba mucho en alcanzarle.
De pronto una gran ola sumergió a la joven en el agua. Sintió una gran desesperación al no poder respirar ni definir dónde estaba la superficie. Pasaron unos minutos cuando por fin sintió alivio.
Ana volvió a encontrarse en el familiar vestíbulo de la funeraria.
(Malaquías el Fénix, 2012, Guadalajara)