Llover a Tiempo

Te esperaba en el parque de siempre. Era tarde y no se te veían ni las faldas del vestido. Sonaban las ocho campanadas y los comercios de flores que no te compré, y la panadería con aromas de infancia comenzaban a bajar cortinas.

Miraba cada taxi que pasaba pero mis esperanzas de que fueras a llegar en alguno ya eran nulas. Las nubes parecían ir acordes a mi corazón: se tornaron rápidamente grises y ásperas.

Sabía lo que significaba: Si no llegabas, no me habías elegido a mí. Habías preferido el dinero y la estabilidad de él. Lo habías escogido a él con su confort sobre mí y mi pasión.

Comenzó a llover a tiempo para que las muchachas juguetonas y los ancianos del parque no vieran mis lágrimas. Me levanté.

Nunca volví al parque de siempre.

(Malaquías el Fénix, Guadalajara, 2012)

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El Vestíbulo

La frialdad y lejanía de sus emociones parecían verse irónicamente reflejadas en todo el vestíbulo. Las cortinas caras de seda azul, los sillones antiguos de tapicería virreinal, los grandes floreros de cerámica china y las esculturas duras y heladas que decoraban el mármol del suelo. Todo sincronizaba como una danza entre mobiliario exquisito y amargura nostálgica. No era la primera vez que Ana se encontraba en esa funeraria, ni sería la última.

Se levantó de la silla de caoba sudamericana al tiempo que sacaba de su bolso un pequeño espejo antiguo que tiempo atrás robó a su abuela hoy muerta. Todos parecían morir mientras ella vivía. Se arregló un poco el rímel corrido por la tristeza, se acomodó la castaña cabellera y observó entrar a los empleados que parecían muy inmersos hablando de contabilidad y cadáveres. Se aclaró la garganta para denotar su presencia ante el anciano y el joven que no parecían haberla visto.

El muchacho fue el primero en voltear su mirada hacia Ana. Pareció demasiado absorto en el bello y melancólico rostro de la joven. El anciano entonces notó la incomodidad causada por la curiosa mirada de su socio y extendió la mano sin quitar la vista del pronunciado pero elegante escote del vestido negro de encaje.

-       Señora Rivera, mi más sincero pésame.

-       Muchas gracias, Señor Montana. – replicó, al tiempo que estrechaba la mano del anciano.

-       Todo está arreglado, solo necesitamos unas cuantas firmas y podrá llevarse los restos del difunto.

-       Excelente. ¿Dónde están los papeles? – Contestó simulando indiferencia ante las amables e hirientes palabras.

-       Si gusta acompañar a mi compañero, el Señor Esteban, la llevará a mi oficina donde encontrará los documentos. Yo por mi parte iré a traer la urna.

-       Gracias. –Se limitó a decir la joven.

El viejo salió apresurado hacia el ala izquierda de la habitación y no fue hasta que cerró la puerta tras de sí, que Ana prestó atención al muchacho, mucho más joven que ella, que no dejaba de observarla.

-       ¿Señor Esteban?

-       ¿Sí?

-       ¿La oficina de Montana?

-       Ah, sí, los papeles. Lo lamento, de este lado.

Ana sonrió. Era consciente de ser la causa de la distracción del joven que la guiaba hacia el jardín central del lugar, pero eso no la detuvo a cuestionar al joven.

-       ¿Le parece apropiado, Señor Esteban?

-       ¿Qué cosa, Señorita?

-       Es Señora. Le pregunto si le parece apropiado el modo en el cual observa usted a una viuda.

-       Lo lamento mucho, Señora. No tengo excusa para mi comportamiento, pero he de hacerle saber que su belleza me ha tomado absolutamente por sorpresa.

-       ¿Acaso una viuda no puede poseer un rostro bello?

-       No me malinterprete. Lo que quiero decir es que me ha conmovido mucho su rostro.

-       ¿Mi rostro hinchado por las lágrimas nocturnas y negro por el maquillaje corrido?

-       Usted dirá eso, yo solo veo el tono durazno de su piel y la forma exótica de sus labios.

-       ¡Señor Esteban, es usted un desubicado!

-       Lo lamento Señora, solo sígame, dejaré de molestarle.

Iban a penas a mitad del jardín, lleno de criptas de mármol y rosas blancas. Ana sacó un cigarrillo y lo colocó en sus labios.

-       ¿Tiene usted fuego, Esteban?

-       Claro que sí, señora. – Dijo al tiempo que sacaba una caja de fósforos baratos.

-       Muy amable. Si no le molesta, voy a fumar mi cigarrillo sentada en  esta banca de aquí. Usted puede ir a traer los papeles de defunción.

-       Por supuesto. - Contestó él, siguiendo su camino.

Tomó asiento en la banca de herrería blanca, disfrutando el cigarrillo igual que siempre. Hacía un bello día afuera. Las gaviotas cantaban bajo el sol de mediodía, las rosas pintaban de paz el lúgubre jardín. Ana se sentía mucho más intranquila de lo que aparentaba, pero no era momento ni lugar para soltar el pesar con el que cargaba. Una lágrima negra escapó a sus esfuerzos, llegando a su mentón y cayó perdiéndose en el regazo de encaje.

La muerte de su esposo no había sido inesperada, pero aún la expectativa de una pérdida nunca le resta agudeza a la daga que atraviesa el corazón de quien ama. Si tan solo no hubieran realizado aquél viaje espontaneo y juvenil, si tan solo hubiesen esperado a la primavera para casarse.

Pero todo estaba hecho. Habían huido y contraído matrimonio sin alzar escándalos. Se habían metido con las personas equivocadas. Habían tomado el Rolls Royce de su padre para llegar a la costa opuesta y decidido venderlo para comprar una pequeña cabaña al sur de California.

Todo salió tan mal, las noches de apuestas y el meterse con traficantes no parece tan arriesgado cuando se está embriagado por el romance y el whisky.

Ahora solo quedaba limpiarse la añoranza y colectar los fragmentos de corazón para seguir adelante, y enfrentar la vida sin Elías.

-       Señora, aquí tiene las cenizas de su marido. Otra vez, mi más sentido pésame.

-       Gracias – Dijo Ana, saliendo de su ensimismamiento y tomando de las manos arrugadas el plateado y pequeño recipiente que contenía a su amado. Le pareció ridículo cómo dentro de algo tan pequeño podía caber un ser tan grande de espíritu.

-       ¿Sabe dónde está Esteban?

-       Oh, sí. Fue por los documentos. Me sentí fatigada y quise tomar un respiro en el jardín. – Respondió, pisando el cigarrillo con sus tacones de charol.

-       Bien, no debe tardar mucho, supongo.

Y no tardó mucho. Un par de minutos después, apareció el muchacho, con un pequeño fajo de papeles bajo el brazo. Regresaron al gran y elegante vestíbulo, tan tristemente familiar para Ana. Firmó y se despidió amablemente.

Ya estaba por atardecer. Ana se encontraba fumando en su auto descapotado aparcado a la orilla de la bahía. La urna en el asiento de copiloto, esperando resignada el destino de su contenido.

Bajó del vehículo y tomó el pequeño contenedor. Caminó hacia la playa. Ignorando lo molesto que resultaba caminar en tacones por la arena, llegó a la orilla del mar. Dejó a su esposo a salvo en la arena mientras se descalzaba los pies. Tomó el recipiente y caminó adentrándose en el agua. Sintió esa familiar frescura que regala el mar a quien no le teme.

Ya no podían sus delicados pies tocar la arena del fondo y se dejó llevar por la tranquilidad del agua.  Flotando en la bahía, comenzó a cantar la canción que él tanto amaba. Su rostro, igual que la melodía, nunca salía de la cabeza de ella. Se sintió más cercana a Elías de lo que lo había estado desde que murió en sus brazos. ¿Seguir adelante?, ¿Sería posible?, ¿Qué mal haría amarle por siempre? Cerró los ojos, deseando estar muerta. Temió por un momento que él no le esperara en el otro lado si tardaba mucho en alcanzarle.

De pronto una gran ola sumergió a la joven en el agua. Sintió una gran desesperación al no poder respirar ni definir dónde estaba la superficie. Pasaron unos minutos cuando por fin sintió alivio.

Ana volvió a encontrarse en el familiar vestíbulo de la funeraria.

(Malaquías el Fénix, 2012, Guadalajara)

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Rojo

Aluciné escuchar en la distancia tus tacones rojos sobre el asfalto mojado.

Nada tenía sentido entre el caos y el pánico.

Hacia allá y hacia acá, gente corriendo y sollozando por todas partes.

Te vi a lo lejos con los restos de flores que te regalé por San Valentín colgando de tu mano.

Intenté gritar tu nombre pero mi voz se vio ahogada por el escándalo de la multitud. Comencé a apresurar mis pies hacia los tuyos.

Tus ojos me buscaban a través de lágrimas negras. El fin se acercaba y tus pupilas no encontraban mi silueta.

Lograba acercarme unos pasos cuando tus piernas giraron y comenzaste a moverte en dirección contraria. Vociferé mil veces, pero no me escuchabas. Intentaba ir más a prisa pero las señoras con niños en brazos y los ancianos en bicicleta no me permitían el paso.

Una idea loca cruzó mi mente: Tomé el revólver. Una bala al aire llamaría tu atención y despejaría el terreno húmedo. Levanté el arma.

¡BANG!

Al instante hubo un silencio aterrador y cientos de personas comenzaron a correr cual gacelas asustadas alejándose de mí. Más gritos y llanto gravitaron el aire con mayor fuerza que antes.

Mirando al rededor logré verte un instante y al otro desapareciste.

Caminé más allá y tropecé con tus tacones rojos.

Me mirabas sin verme desde el charco que empapaba tu pelo y tu vestido. Tirados en la calle, entre pétalos muertos, juntos por fin. Te abracé y besé tu frente.

Hielo. Eso sintieron mis labios contra tu piel.

Te observé aterrado entendiendo lo perdida que estaba tu mirada y lo rojo del líquido sobre el que yacías inerte.

(Malaquías el Fénix, 2012, Guadalajara)

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Nada

Ya no entiendo nada.

Tengo todo y a la vez nada.

Me pone triste ser feliz sin tí.

Nos encontramos en el momento equivocado.

Te saqué de mi cabeza, pero extraño tenerte en ella.

Ya no entiendo nada.

(Malaquías el Fénix, 2012, Guadalajara)

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Incertidumbre

No sé.

Si esperas lo mismo que ansío. 

Si a quien sueñas es a mí.

Qué tan profunda fue la marca que te dejé.

Cuán compatibles son nuestras vidas.

Nuestro encuentro fue etéreo y se fue con el viento. Con las maletas.

No sé.

Si fue, si es, si será. Si somos.

Mil cosas pasan y nadie sabe sobre qué piedra cae la pluma.

Solo espero que tu brújula apunte a mí. 

Llámame Norte.

Me asfixia la duda, pero la noche me rescata.

Me promete volverte a ver.

Para saber.

Para quitarme esta incertidumbre.

(Malaquiás el fénix, Puebla, 2012)

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My flaws

I am a sinner.

I tend to show off.

I am too lazy,

and I always give up.

I never say I’m sorry,

and often I get drunk.

I love what I see in the mirror

even more than I like to smoke.

I admit I am a pervert,

and cruel when making jokes.

I am the proudest bastard

and I don’t give a fuck.

I easily get angry,

and a gentleman I am not.

(Malaquías el Féniz, 2010, Nayarit)

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Hasta entonces

Tengo frío.

Te vas y solo me dejas unos besos de piel sobre el pasto.

Solo en alcohol sabes nadar y nadas con odio.

Se veía venir el choque de cuerpos tibios y sesos vacíos.

Cuando leas esto piensa en mí.

Cuando tiembles de frío, cuando te fundas con en el pasto y te caminen las hormigas sobre los moretones, piensa en mí.

Cuando aprendas a nadar sin ahogarte en tus lágrimas, regresa.

Ve, vive. 

La luna algún día nos regalará otra noche de ron y tequila.

Hasta entonces, ten: Canciones cursis.

(Malaquías el Fénix, Puebla, 2012)

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De nuevo a esta orilla

Al borde del vacío.

No me muevo, temiendo lo inevitable.

Me aferro a mis últimos cigarros y al calor despreocupado que me regalan tus labios de whisky.

Esta puesta en escena está por colapsar. Lo presiento. Mi rostro ya no puede con esta máscara mundana.

La noche fría me cala en la soledad y no contestas el teléfono. Todo se va a derrumbar.

Entiendo que el sol saldrá cuando todo esto termine, resurjirá con fuerza y usará los restos de luna para que los gorriones canten. Las estrellas seguirán conmigo cuando por fin me deje ir con la furiosa avalancha que provocaré.

Solo espero que las cenizas no me cieguen ni me traigan de nuevo a esta orilla.

No me dejes saltar, todavía no.

Dame un beso, miente y dime que todo va a ser fácil.

(Malaquías el Fénix, 2011, Puebla)

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No quiero verte

No te quiero ver.

Porque si te veo no me voy a aguantar las ganas de decirte mentiras de amor, de inventarte que te quiero y que me muero por estar contigo. Te voy a engañar, te voy a contar que eres a quien estuve esperando, con quien había soñado. 

Falsas palabras saldrían de mis labios, canciones bonitas y poemas idiotas pronunciaría mi lengua. Mentiré con la esperanza de tener una noche de labios y cuerpos y lenguas y caricias que juran cariño, que imitan anhelo. Que prometen querer, no deseo.

Te deseo. No te quiero. Te quiero ver.

Te deseo tanto que quiero verte para mentirte, decirte que te quiero, besarte quedito y que me vendas una noche con la bestia lujuriosa en ti a cambio de te quieros mediocres.

Aunque si te miento y me crees y me regalas tus piernas, tus huesitos de la cadera, tu ombligo y tu pecho, tu espalda, tus manos y tu cuello, te voy a empezar a querer. Tendré que quererte y no solo desearte porque ya te tuve. Me veré obligado a soñar con darte la mano, no con agarrarte las nalgas.

No quiero verte, porque no quiero quererte.

(Malaquías el Fénix, 2011, Puebla)

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Canciones más alegres

Me duelen los ojos de tanto buscarte y no encuentro mis lentes. Me duelen los oídos alimentados de canciones grises que me hacen esperarte con ansias.

Ayer decidí no enamorarme, y esa es la razón por la cual ahora te quiero más que nunca; aquí a mi lado, aquí en mi cama, quitándome la almohada y te reclamo pero sé que no tiene sentido porque si estuvieras conmigo nada te reclamaría. Me jalarías del pelo mientras te lo hago despacito y me dices quedito que eres solo una fantasía.

Escucharíamos juntos la música triste y vieja que me gusta y fumaríamos los sueños del otro que son los mismos. Los mismos que teníamos cuando eramos unos morritos que no soñaban con bañarnos juntos ni ver las estrellas en calzones en la azotea. Solo con encontrar con quién vivir para siempre.

Pero no soy ese niño idiota que quería compartir toda su vida con la misma persona; porque los dioses y las religiones y las sociedades y las culturas me rompieron la cabeza. Y porque las películas y las ex novias y las canciones tristes que escuchamos haciendo el desayuno a las tres de la mañana me partieron el corazón.

Aunque si tuviera que estar con alguien para siempre, serías tú; porque mi cabeza rota y mi corazón descosido se sienten remendados cuando te imagino cerca, entre mis brazos, cantando desafinados canciones más alegres que traerías tú a mi vida de porquería.

(Malaquías el Fénix, 2011, Puebla)

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Derrumbe

Tomé un amor y lo alejé

Subí una montaña y miré a mi alrededor, descubriendo mi reflejo en la nieve blanca pero una avalancha me derrumbó.

¿Qué es el amor?, ¿Podrán mis más profundos deseos salir a flote?, ¿Puedo navegar las osadas olas de mar?, ¿Sobreviviré a las estaciones de mi vida? No lo creo.

Me asusta el cambio pues construí mi vida en torno tuyo. Aunque el tiempo nos hace valientes, los niños se hacen mayores y yo me hago mayor también. 

Me hago viejo también. Así que toma este amor y aléjalo.

Si subes una montaña y miras a tu alrededor, descubriendo mi reflejo en la nieve blanca, tal vez… Ojalá te derrumbe una avalancha.

(Malaquías el Fénix, 2011, Puebla)

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Todo el tiempo

No entendí cómo pero llegamos vivos; quería que vomitara en el pasto y no quería vomitar. Del jardín a mi recámara hicimos escándalo pero íbamos fingiendo que no. Si finjo que no hago ruido, mis papás fingen que no me escuchan. Aunque le dije que se quedara en mi cuarto me siguió al baño y me vio lavarme los dientes. Nunca me gusta eso.

Se me movía el mundo, pero ella no sabía que yo también había tomado. Actué sobrio lo mejor que me dejaron no sé cuántos shots de tequila. No importaba, no me ponía atención.

Ya en mi cama y más dormida que despierta, me dijo “No acostumbro hacer esto”.

Apagué la luz. 

Pensé en tí todo el tiempo.

(Malaquías el Fénix, 2011, Puebla)

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Yo o algo

Un vato alto y flacucho sin mucha gracia, solo que guapo.

Modelaba y no estudiaba, fiestas, alcohol y cigarros. Cerveza, ron, tequila, brandy, vodka y whisky en ese orden. Marlboro, Lucky Strike y Delicados.

El mediodía fue su eterno amanecer. Como la flaca de Jarabe de Palo, dormía para no comer. No consumía carne porque no ingería muertos.

Su alma no existía porque no tenemos alma. Tiró el corazón a la basura porque estaba roto.

Olía a látex, nicotina y alberca.

(Malaquías el Fénix, 2011, Puebla)

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